"28 años después": brutal y sangrienta, pero no alcanza la cima de una saga que redefinió el género zombi
En 2002, "28 días después" de Álex Garland y Danny Boyle
se resucitó el género zombi con infectados rabiosos y un pulso descarnado. Ahora,
con "28 años después" (2025), Boyle lanza la primera pieza de una trilogía que
promete más furia, vísceras e ingenio, pero que, pese a sus chispazos, no
alcanza el mordiente de su legado.
La marca mugrienta de Boyle sigue intacta: cada plano, desde
mares que engullen hasta torres de calaveras que intrigan, transpira desolación.
Rodada con iPhones, la película abarata costos y regala secuencias potentes,
algunas con un guiño a "Matrix Reloaded". Pero la textura digital a veces
traiciona, luciendo plana frente a la rugosidad analógica de la Canon XL1
original, atrapada entre la genialidad y el amateurismo.
El guion arranca con garra, tejiendo una sociedad al borde del abismo —deudora de "The Walking Dead" y "The Last of Us"— y una tensa dinámica entre padre e hijo que sirve de metáfora del Brexit. Pero después de una primera media hora electrizante, la narrativa se vuelve episódica, perdiendo fuerza con encuentros casuales y personajes que no logran conectar. El cliffhanger final, un tanto forzado, parece más diseñado para atraer a las secuelas que para ofrecer un cierre.
Donde la película brilla es en su caos punk: las escenas de
acción, crudas y viscerales, se entrelazan con un montaje que coquetea con el
arte y ensayo, pero su narrativa tambalea, más preocupada por asombrar que por construir personajes o
coherencia con la saga. Es un banquete de sangre y tripas que satisface si
buscas caos zombi, pero palidece frente a pelis de serie B más valientes o la
revolución de antaño.
"28 años después" quiere gritar como su predecesora, pero se queda en un aullido a medio gas, con destellos brillantes ahogados por un guion errático y una trilogía que parece más estrategia que visión. No necesitaba reinventar la rueda, solo afilar los colmillos.
Hoy me mando a verla...
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